viernes, 25 de abril de 2008

denuncia un convenio con la Iglesia que arrancó con González

El PSOE volvió a arremeter ayer contra la Iglesia católica, y de paso contra la Comunidad de Madrid, en su cruzada por desplazarla de los espacios públicos. Descalificaciones de todo tipo se oyeron desde las filas socialistas por el convenio que regula la asistencia religiosa en los hospitales públicos madrileños y que incluye, entre sus cláusulas, la participación de los capellanes en el Comité de Ética y en el Equipo Interdisciplinar de Cuidados Paliativos.
«Inquisitorial, fundamentalista e inconstitucional» fueron las palabras que utilizó el secretario de Libertades Públicas del PSOE, Álvaro Cuesta, para referirse a dicho acuerdo (que pese a ser denunciado ayer se remonta a 1997) y que fue renovado en enero de este año entre la Comunidad de Madrid y el Arzobispado.
El convenio, en realidad, no presenta ninguna novedad con respecto al primero, que fue firmado por el entonces presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, y el Arzobispado, y que en once años no motivó ninguna polémica ni denuncia por parte de los socialistas. Además, la presencia de los representantes de la Iglesia católica en los comité de ética de los hospitales públicos data de 1995, cuando el entonces Insalud planteaba, en una circular enviada a los centros sanitarios, la posibilidad de incluir capellanes en estos servicios que se estaban poniendo en marcha. Entonces gobernaba Felipe González, que en 1985 también había firmado un acuerdo marco sobre la asistencia religiosa en los hospitales.
Pero aún así, Álvaro Cuesta no se quedó en las críticas e instó a la presidenta regional, Esperanza Aguirre, a retirar el acuerdo y emplazó a los facultativos a «desoír» su aplicación por la «mezcla intolerable y anacrónica» de lo religioso con la esfera de los derechos civiles y el funcionamiento de las instituciones públicas.
El secretario de Organización del PSOE, José Blanco, tampoco se quedó atrás y sostuvo que se trata de una «absoluta invasión» de la intimidad y de la libertad de conciencia de los pacientes. Asimismo, criticó que «los sacerdotes que trabajan en los hospitales, además de impartir misa y visitar a los enfermos, decidan sobre cuestiones que afectan a la moral individual de cada paciente». Por su parte, la secretaria de Relaciones Internacionales del PSOE, Elena Valenciano, dejó claro que «no queremos que los curas decidan sobre nuestro sufrimiento». «Primero cambiaron los púlpitos por las calles, luego por las aulas y, ahora, por los hospitales madrileños. Sabemos lo que quiere la Iglesia, pero nosotros no queremos mártires», apuntó.
Desde el Arzobispado de Madrid, la secretaria de la Provincia Eclesiástica, María Rosa de la Cierva, calificó de «sorprendente la rebelión» que ha generado el tema y consideró positivo que el acuerdo, pese a no ser nuevo, «se haya hecho público» sobre todo tras el anuncio del ministro de Sanidad, Bernat Soria, de que la eutanasia «es una asignatura pendiente en la sociedad» española y «debe plantearse en algún momento», según informa Ep.
Sin poder de decisión
El consejero de Sanidad de Madrid, Juan José Güemes, aclaró que los capellanes no tienen poder de decisión sobre los pacientes, como no lo tiene ningún miembro de los comités de ética, ya que éstos no tienen, entre sus competencias, el estudio de casos particulares sobre la aplicación de cuidados paliativos en enfermos terminales.
El responsable madrileño de Sanidad indicó, además, que las decisiones sobre la terapia que hay que aplicar a los pacientes y sobre los cuidados paliativos dependen «exclusivamente» de los médicos, que son los que tienen que determinar lo que hay que hacer en cada caso con criterios «estrictamente científico-técnicos» y con arreglo a los protocolos aceptados en toda España, y «no a criterios religiosos».

La religion Un hombre que no le teme a la verdad

Del 15 al 20 del mes en curso pudimos seguir el viaje de Benedicto XVI a los Estados Unidos de Norteamérica, viaje que en palabras suyas representaba un momento de gracia para él y para los católicos con quienes tendría diferentes encuentros, a más de otros encuentros programados con personas de religiones diferentes a la católica, incluso con miembros de la comunidad judía.Pude constatar que a nivel de nuestros medios de comunicación y por tratarse de una gira realizada fuera de México, lo que se informó se redujo a unas pocas alusiones y a enfatizar lo más atractivo de la noticia como, por ejemplo, el triste y doloroso caso de los sacerdotes pederastas.No obstante, sabiendo que el Papa pronunció 11 discursos, es lógico que como personas adultas surja en nosotros el deseo de acercarnos a su magisterio mucho más vasto de lo que podría parecer. No podía ser coherente que el Papa circunscribiera su doctrina a casos particulares, a sabiendas de que el pueblo católico esperaba mucho más de sus palabras. Se trataba de confirmarlo en la fe.Quiero confesar que en la medida que corre el tiempo siento más admiración por este Sucesor de Pedro que el Señor ha querido regalar a la Iglesia como un don especial para los tiempos que nos ha tocado vivir.Recuerdo que encontrándome en una ocasión con el Arzobispo Manuel Castro Ruiz, pastor amado de la Arquidiócesis de Yucatán, quien a su vez acompañaba al Nuncio Apostólico Monseñor Girolamo Prigione, llegó la inesperada noticia de la muerte de Juan Pablo I que sorprendió a todos.Estábamos en una de las playas de Progreso y la información cayó como un rayo. Nadie podía creer que Dios se llevara al Papa de la sonrisa después de un breve tiempo de pontificado, apenas 33 días.El señor Manuel Castro nos invitó a elevar una plegaria al cielo dando gracias a Dios por lo mucho que hizo este Papa en unos cuantos días. Fuimos testigos de su sencillez que reflejaba en todo, incluso en su forma de enseñar y de sonreír.En estas circunstancias y una vez concluida la oración, tomó la palabra monseñor Prigione para decir que lo que pasaba era doloroso pero que Dios no se equivocaba, que cada Papa llegaba en el preciso momento en que el Señor lo requería en determinada circunstancia de la historia y lo llamaba a la gloria para darle a la Iglesia otro Pastor con carismas especiales, capaz de continuar la obra de salvación ante nuevos desafíos. ¡Cuánta razón tenía el Nuncio Apostólico! Quién podía predecir que con Juan Pablo Segundo la Iglesia y el mundo recibirían un caudal de gracias y un camino de esperanza para todo hombre. Su primera Encíclica fue una opción decidida por el hombre a quien había que respetar por el sólo hecho de ser imagen de Dios.Siempre recordaremos con amor y cariño a este carismático Pastor que inquietó conciencias sacándolas de la actitud burguesa en la que se habían instalado y abriendo los ojos de los hombres a una realidad que por conveniencia nadie se atrevía a mirar. Siempre ha sido cómodo encerrarse en un castillo de cristal y desoír los clamores de los demás, en especial, de los marginados. Muchas cosas comienzan a cambiar gracias a este profeta providencial que fue Juan Pablo II.He querido compartir esta experiencia porque, a mi parecer, algo semejante sucedió con la elección de Benedicto XVI al papado. Cuánta especulación falsa y qué cantidad de prejuicios y mentiras se dijeron en torno a su persona. Bastaba decir su nombre y de inmediato venían las reacciones de mal sabor; lo lamentable era que quienes intervenían con sus críticas desconocían por completo la trayectoria de un hombre que Dios, en su infinita sabiduría, fue moldeando tiempo atrás.Se hablaba de Benedicto XVI como de alguien intolerante, frío, calculador, insensible ante la situación del mundo y, peor, que con él la Iglesia iniciaría marcha atrás cancelando los ricos avances del Concilio Vaticano II en el campo doctrinal y pastoral.
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